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Archive for 28 noviembre 2010

Hay quien te enseña a hablar, a callar, a gatear y a caminar. Hay quien te enseña a dormir y quien te hace perder el sueño. Hay quien te enseña a correr, a levantarte tras caer y quien te cura con mercromina y te alivia el dolor soplando; años más tarde sigues cayendo, pero ni la mercromina cura, ni los soplidos alivian.

Hay quien te enseña a jugar a la pelota, al escondite, a montar en bicicleta; te enseña a atarte los cordones de las zapatillas, aunque mi lateralidad cruzada hace que yo lo haga al revés, como casi todo en la vida. Hay quien te enseña a leer la hora en el reloj dibujándolo en una cuartilla y los números romanos en el envés. Quien te enseña a leer y quien te enseña a escribir; quien te enseña la diferencia entre oir y escuchar.

Hay quien te enseña a respirar, a mirar a los ojos, a vivir. Hay quien te enseña a amar y quienes te enseñan a odiar. Hay quien te enseña a reir, aun más a sonreir, a ser. Hay quien hace tu mundo girar. Hay quien te enseña a comer y quien te enseña a beber. Hay incluso quien te enseña a cocinar.

En una cáscara de sal, humedecida con vino blanco, arropamos un solomillo de cerdo que habremos acariciado con una mezcla de mostaza en grano, cominos y una pizca de canela en polvo. Sabremos que estará hecho cuando lo esté. Cuando huela a que ya es el momento de sacarlo, cuando la sal se haya resquebrajado dejando salir ese aroma que se alía y complementa con el apetito.

Le irá bien el chutney de higos que en su momento guardé para los días en que inclinas la cabeza mientras dices que estaría bien tenerlo a mano para este plato o aquel otro. Higos, cebolla, ajo, jengibre, canela en rama, curry, azúcar moreno, mostaza en grano, vino blanco, vinagre de Jerez, clavo, pimienta negra en grano, piñones tostados y todo el tiempo del mundo. Y es que cuando comes este chutney hecho en casa, te comes el tiempo a cucharadas. Hubo quien me enseñó esta receta, quien me regaló ese tiempo.

Hubo también quien me enseñó la serenidad de la belleza, del equilibrio, de la sensualidad. La belleza tranquila, sin artificios ni aspavientos. Belleza que se oculta y sólo se muestra cuando desea; que se muestra en destellos, en caricias y sensaciones. Sólo belleza… De la Conca de Barberà viene este vino, este trepat, que copa tras copa, botella tras botella, cada vez que lo bebemos, nos da la pizca de belleza que necesitamos cada día para poder caminar.


Nota: Fotografía perteneciente a Kiko Esperilla quien ha tenido la amabilidad de permitir su uso en este post.
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Vamos a llegar a un acuerdo pescadito. Te cambio tus bostecillos por cuentos y por historias. Alguien tiene que contarte algunas cosas, aunque ahora no entiendas una palabra de lo que te digo; aunque ahora no tengan sentido alguno para ti.

Pescadito, alguien tiene que decirte, que contarte, que en la vida no siempre ganan las buenos. Lo cierto es que los buenos casi nunca ganan. En la vida casi siempre ganan los malos, los maleducados, los que gritan… En la vida verás que no sólo hay quienes nacieron de pie, frente a los que parece que nacieron debiendo algo. En la vida verás que hay quienes no merecen ni el aire que respiran y que sin embargo personas buenas se llevan golpe tras golpe. Ay, mi pescadito, la vida no es del color con el que se mira, no hay gafas rosas que la cambien, porque la vida es la que es. No dejes que te mientan, o aun mejor, haz ver como que te lo crees.

El tiempo, pescadito, el tiempo. El tiempo no pone nada en su sitio, ni da a cada uno lo que merece. El tiempo, tampoco cura, sólo cicatriza. Ya te contaré el cuento de Ismael, Ahab y aquella bendita ballena blanca. Historias de mar, tiempo y cicatrices. El tiempo, pescadito, sólo pasa.

Pones carita de interrogación; carita de preguntar, ahora, con tu vida recién estrenada. Prometeme, pescadito, que serás una persona honesta, que siempre dirás la verdad, que nunca esconderás tu mirada, que no vivirás tu vida con miedo. Has nacido libre, nunca seas esclavo de nada, ni nadie, pero sobretodo no seas nunca esclavo del miedo, porque eso no es vivir. Así, pescadito, serás capaz de mirarte a los ojos en el espejo cada mañana. No parece mucho ¿verdad pescadito? Cuando crezcas verás cuánto significa algo así.

Cuando crezcas, con el paso del tiempo, llegarás a Champagne; soul, blues, jazz, ¿Sinatra? Al final todos los caminos nos llevan al mismo destino. Sí pescadito, otro día te contaré historias de millesimés, de Gatinois. Cuentos todos de noches de champagne y jazz. No se lo digas a nadie. Será nuestro secreto.

Es tarde ya y, aunque sigo hablando, hace rato que duermes tranquilo. Descansa pescadito. Mañana habrá más cuentos, más historias.

Nota: Fotograma de la película “Capitanes Intrépidos” (‘Captains Corageous’. 1937. Metro- Goldwyn-Mayer). Afortunados los que la han visto y pueden disfrutarla de nuevo. Más afortunados, siempre, los que tienen la oportunidad de verla por vez primera.

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