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Archive for 7 diciembre 2010

Caminito de la abacería nos prometeremos que se acabaron las prisas, que se acabó el correr a sitio alguno, que no es más que huir sin moverse del sitio; que todo tendrá su tiempo, porque para todo lo hay. Iremos contando adoquines, contando hojas caidas y calentándonos con el frío sol del invierno, como los gorriones que ahuecan sus plumas por la mañana. Para lo que importa, siempre hay tiempo. Para quien importa, siempre hay tiempo.

Con calma, sans souci, haremos una cassoulet. Fabada con bachiller aprobado en un liceo francés. Feijoada que se fue de Erasmus a Carcasonne. O quizá es la cassoulet que vino de vacaciones de verano a ver sus abuelos asturianos. Quizá es la cassoulet una muchacha parisina de nariz aristocrática y con acento marcado por hórreos y paneras. Una Ninette, sin señor de Murcia, que almuerza como Dios manda.

Cassoulet, marmitako, olla, puchero, como tú prefieras; aunque cassoulet, como todo lo francés, suena más así, como a beso.

Mientras llega el hervor de las judías blancas, que dejamos en remojo toda la noche, rehogamos cebolla, puerro, ajo y zanahorias. Despacio y tranquilos, hasta que esté todo bien dorado y blandito, entonces, fuera del fuego añadimos un toque de pimentón, un par de cucharadas de salsa de tomate y otro toque de orégano. Dejamos que siga rehogándose otro ratillo más, que se unan los sabores para formar una salsa rica.

Ya habrán roto a hervir las judías blancas, han de hacerlo con tranquilidad y acompañadas de unos granos de pimienta negra. Que sea sin prisa alguna, con ese hervor que da tranquilidad.

Añadimos entonces todas esas verduras que hemos rehogado una vez pasadas por el pasapuré. Que se unan al hervor, mientras limpiamos unos muslos de pato confitados, que liberados de grasa y picados toscamente añadiremos al guiso un momento después.

Por último añadiremos unas salchichas ahumadas que, picadas, pasaremos ligeramente por la sartén antes de añadirlas al guiso escurridas de su grasa. Dejamos que se aunen todos los ingredientes, todos los sabores y todos los olores. Plato para almas fuertes.

Beberemos un vino recogido, encerrado en sí mismo. Un vino íntimo. Trousseau Singulier, quizá tan fuera de lo habitual como lo son los guisos a fuego lento. Un vino que, como tú, tiene carácter. Cruz de toda moneda; no cambies nunca.

Y bien ¿lo has probado ya? ¿te gusta? Respirar. Un sorbo de vino. Soplar la cuchara y probar, cerrar los ojos, sentirse cómodo… Haces de la vida un lugar habitable; haces de la vida un lugar respirable.

Nota: Imágen proveniente de Usernet (http://www.usernetsite.com)
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