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Posts Tagged ‘Jean-Paul Brun’

Cosas que no importan. Casi todas. Los mercados, las divisas, un parking que está lleno, un ascensor que no funciona… Casi nada.

Cosas que sí importan. El frío. Una café caminado. La lluvia. Tú.

Hacer y decir lo que no se debe. Huir de la comida prefabricada; comida que sólo lo es para los que no les gusta la verdad. Comida que a la comida es lo que la costumbre, las frases hechas, al querer sin amar.

Me gusta mirar al infinito y ver cómo se acerca; mirarte y ver cómo te acercas.

Untamos delicadamente, con foie-gras, unas pencas de acelga que hemos cocido apenas al dente. Así, una frente a otra, las envolveremos en sus hojas que sólo habremos escaldado. Las mantenemos calientes en el horno, mientras terminamos de reducir una salsa de cava. Sencillo rehogado de champiñones, cebolleta, mantequilla, cava y nata. Preparado que batimos, colamos y reducimos hasta que tengamos una salsa suave, fina y cremosa con la que acompañar nuestros canelones de acelga.

Sé que te suena raro, que arrugas la nariz, pero es un plato totalmente acogedor. Tan acogedor como el vino que hoy bebemos. Sigo siendo un mal salvaje y si es junto a ti no tengo reparos en que juntemos el verde con el tinto. Borgoña de Jean-Paul Brun. Vino que, como este plato, como tú, me hace sentir que todo está bien, que nada falta, que nada sobra, que queremos parar el reloj.

Cosas que importan. Este vino. Este plato. Tú.

Nota: Imagen proveniente del blog Café con Agua

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Brun.

Porque te gusta el vino. Por la cuchara, por el tenedor y por el cuchillo. Porque (son)ríes a carcajadas. Porque miras a los ojos. Porque mojas pan en la salsa (y por la cara que pones cuando mojas pan en la salsa). Porque no puedo, no pude, no supe y no quise. Porque me dejas sin aire. Porque me sigo estremeciendo con el roce de tu mirada, que es tu mano, al cruzar San Telmo. Por esa mirada que evita cruzarse y porque no puede evitar tropezarse. Porque entre la multitud no veo a nadie más que “a tú”. Porque más que nunca es más que siempre y porque todo recuerdo no es más que olvido. Porque se me para el corazón.

Porque entonces cortamos la cebolla en plumas, el ajo menudo y el tomate en dados sin piel ni semillas. Cocinaremos al ritmo en que las cosas suceden; al ritmo en que las historias se cuentan. Cuando estén las verduras blanditas, rehogadas, añadimos un puñado de alcaparras, una poco de orégano, aceitunas verdes y negras a las que les habremos quitado el hueso machacándolas ligeramente. No nos valen esas aceitunas que venden sin hueso, sin sabor y sin alma.

Seguimos rehogando a ritmo. El modo en que huele responde otros cuántos porqués. En los últimos instantes ponemos la plancha y marcamos los lomos de lubina por el lado de la piel. Que coja color, que tengan huella. Entonces la ponemos sobre las verduras rehogadas por el lado contrario a la piel. En poco menos de tres canciones ya estará terminado el plato. Al primer bocado, y al primer sorbo, surgirán más preguntas; más respuestas.

… lo dejo todo.


Nota: Fotografía proveniente del foro foro.meteored.com y posteada por el forero Xabi

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Je suis fou de tes lèvres…

Miran tus ojos a la Alameda. Ahora que cae el sol, que apenas queda ya un hilillo de día y que por todo sonido queda ese batiburrillo confuso de críos jugando y vencejos, que a estas horas gritan sin pausa antes de que definitivamente caiga la noche. Preámbulo todo del nocturno concierto de grillos.

Ahora, cuando apenas queda luz, miro yo la Alameda en los fanalillos siempre encendidos de tu mirada; siempre luz en el día y en la noche. Apuras resuelta el último sorbo, parando el tiempo en esta hora azul. Instante fugaz. Palabras siamesas. ¿Nos vamos? Nos vamos.

¿Cómo decirte que no, si me vuelves cuerdo? Abriremos ese vino que dices que tiene color de lápiz de labios, color de rouge a lèvre, para acompañar el cus-cus. En algún balcón suena un viejo tocadiscos, resuena el bordón marcando el ritmo de nuestros pasos. Así, tranquilamente, caminaremos de vuelta y mientras te cuento cómo haremos esto del cus-cus.

Lleva un poquillo de tiempo la receta, pero merece la pena. Dejamos en remojo los garbanzos durante la noche; ‘amojo’, que suena más entre tú y yo, para cocerlos con las verduras habituales y algún hueso, que les de un alguito más.

Cocinamos también el cordero, que deshuesaremos si procede una vez que esté a temperatura. Güardamos el caldo de la cocción del cordero, que nos vendrá bien para que el árido cus-cus tenga también otro poquito más de sabor y nos ayudará a la hora de unirnos con este. Mientras se carameliza un poco de cebolla, con su palito de canela y sus dos gotitas de miel, salteamos zanahoria y calabacín cortados en brunoise, que sí, que tienes razón, que es una forma muy pijilla de decir que lo cortamos menudito.

Cuando ya esté casi caramelizada la cebolla añadimos unos piñones tostados y nos ponemos con el cus-cus, que apenas tarda dos momentos en hacerse. Hacemos este con el caldo de la cocción que antes reservamos. Removemos bien para que el grano quede suelto, añadimos los garbanzos, la verdura salteada y por último el cordero troceado. Unimos todo y servimos con el toque de la cebolla caramelizada.

Un plato para que almorcemos de pie, sentados y mediopensionistas.

Como la piel. Tu piel. Lo bello y la piel son lo más hondo y profundo. Este vino es piel, es bello, es hondo y profundo, es tú. Lo sencillo es bello, sin darse cuenta; y sin darse cuenta lo sencillo es enemigo de lo simple. Eres piel y eres vino. Belleza sin más, belleza de cara lavada.

Cómo decir que no… si me vuelves cuerdo… Tes lèvres. Je suis fou de tes lèvres…

Nota: La fotografía de la calle Betis (Sevilla) al atardecer proviene del sitio Flickr de Solifugo

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